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El agüita

Entré por el esfuerzo. Recorrí Michimalonco, pasé entre sauces, quillayes, cerezos y hualles. En la noche escuché las ranas cantar, vi perros correr, y gatos desaparecer en mi camino. Sentí las  vertientes mientras veía el agua pasar. A la señora Teresa, a don Ramón, al Esteban que lo llamaba su mamá todas las tardes. Pero nunca, en todo lo que caminé, vi una  perdiz. Creo que se fueron mucho antes de que yo llegara, y mucho después de que el Víctor les dedicara una cueca.

Daniela Muñoz

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