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Almuerzo en Lenga

Íbamos, se dijo, a contemplar el mar. Esa tarde sentado frente a su mariscal frío, con dos soles atentos mirándolo, supo que algo estaba a punto de cambiar. No sólo se trataba de aquel instante en que llevaba la cuchara llena del plato a su boca rodeado de comensales en ejercicio similar. Se trataba de todas las veces que eso había ocurrido, acompañado de familiares, amigos, amantes o, incluso como ahora, solo.

Se levantó dejando su plato a medio comer y murmurando con una sonrisa melancólica:

He visto todos los atardeceres del mundo, nada me queda por mirar.

Emilio Gita

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